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Mente abierta, hambre de sosiego y ansias de silencio interior. Con eso se inició mi búsqueda desde Madrid hacia Tatiouine.

La primera de las mejores enseñanzas que he recibido en esta experiencia misionera: ser contemplativo en la acción, en la vida diaria. El buscador de Dios en todo lo que ocurre, en todo lo encuentra.

Contemplar cada hora de los largos viajes en coche, cada charla, cada explicación de Rolando sobre Marruecos, sobre encuentro con el Islam, sobre los amazigh (bereberes) y su cultura. Sentir el calor, el viento, el silencio sobrenatural de la montaña desértica, el rebuzno de los burros, la sonrisa de unos niños que nacieron en el Atlas, la curiosidad de unos ojos sin prejuicios, que poco tienen y poco piden. Tener fe cuando llegó la falta de control, la frustración en la incomodidad, la noche eterna de las puertas, la enfermedad. Gustar internamente de la serenidad de un monasterio en Marruecos donde nada cambia, de la paciencia de unos monjes en cada oración sin prisa, de la compresión de una mano en el hombro durante 4 días de ejercicio de silencio.

 ¿Cómo habla Dios? ¿Cuál es mi camino? El segundo gran regalo de esta experiencia ha sido el descubrimiento del encuentro en el silencio, en el ejercicio de meditación. La oración no requiere de complejidades ni elaboraciones, sólo un acto de fe. Es un encuentro místico, un diálogo que se descubre en el silencio, con la iluminación interior y fugaz de una imagen, de un pensamiento, de una llamada hacia una dirección o de una desolación compasiva que con ternura todo lo perdona, y echa el freno al desorden interno del que inicia la búsqueda.

Estas dos semanas de misión me han devuelto a España cambiado. Puede que un poco de mí se haya quedado allí. Quizá parte del amor y esfuerzo que he encontrado dentro de mí. Quizá muchos de mis prejuicios e ideas. Pero sin duda, ha vuelto conmigo el aprendizaje sobre muchas vidas entregadas a los demás: sobre Rolando que ha sido nuestro incansable guía en todo esta experiencia, sobre la comunidad de hermanas que se instalaron en el Atlas para servir a unos nómadas, sobre la fortaleza de fe de las hermanas Marie y Cécile, sobre la vida de Père Peyriguère, sobre la entrega inquebrantable de los mártires de Tibhirine, sobre la felicidad eterna en Dios que llamó a un joven a hacerse monje cisterciense , y sobre la insistencia de un sacerdote mexicano en demostrar que el amor es capaz de quebrar y convertir hasta al mayor de los asesinos.

Que todos estos encuentros, en adelante, me ayuden a buscar el equilibrio entre la vida que corre y el orden interior, y a saber discernir entre lo malo, lo bueno, y lo mejor.

Alejandro Fresneda Cruz

Zaragoza

Capilla P. Peyriguère

 Sur le haut Altas 2



La fraternidad
humana

الأخوة الإنسانية

El encuentro con nuestros hermanos y hermanas marroquíes nos permite descubrir lo que Dios ha puesto en ellos y lo que Él quiere de nosotros.

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